| Coproducción con Teatres de la Generalitat Valenciana Reflexiones previas a Déus o Bèsties. El toro fue el último animal en ser domesticado por las primeras civilizaciones de la humanidad, y ello sólo fue posible tras la dolorosa castración del animal. Como consecuencia, la figura del toro semental pasó a convertirse en el prototipo de la fecundidad. Los mejores toros, los de figura más fuerte y con mayor poder sexual, pasaron a ser admirados por su extraordinario poder reproductor. En la mentalidad de nuestros antepasados fue muy fácil evolucionar la figura del semental hacia el dios de la fecundidad y de la abundancia. Nacía de esta manera una nueva relación entre los humanos y el toro. La tradición taurina combinaría durante muchos años el concepto del rito divino y del juego lúdico. No todas las manifestaciones taurinas producidas a lo largo de la historia tienen su origen en la divinidad de los toros. Las fiestas de Creta eran juegos circenses y no existe ningún vestigio en la cultura minoica de un culto al toro, ni tampoco en los circos romanos con los toros bravos, ya que los animales eran escogidos por su fiereza, no por su divinidad. Asímismo, tampoco existe ningún vestigio divino en la concreción de las corridas de toros españolas. La tauromaquia está concebida como un juego, como un arte, si se prefiere, pero, a pesar de tratarse también de un ritual muy estructurado, no existe en ella ningún vestigio tauroteico de las antiguas religiones ibéricas o latinas, adoradoras del toro. Se trata de juegos lúdicos cuyo elemento central es el toro. Mitra Nuestro espectáculo, sin embargo, quiere adentrarse por un camino menos conocido en la historia del toro, aquél en el que el animal es considerado un dios, y en los aspectos rituales de sus fiestas, ya desaparecidas, ya en trance de desaparición. El toro pasó de animal comestible a animal doméstico y luego a dios. Las legiones romanas provenientes de Asia trajeron a todo el imperio romano la religión de Mitra. Hoy en día su figura más conocida es el Mitra tauróctono: una representación del instante en que Mitra da muerte al toro para fecundar la tierra y purificarla de los pecados humanos. Este acto era representado por sus fieles en todos sus templos durante la celebración del taurobolio. Tras el sacrificio del animal por el sacerdote y la purificación de éste por medio de la sangre del toro-dios muerto, los fieles comulgaban con la carne del dios recién sacrificado. La pujanza de la religión mitraica coincidió en occidente con una nueva religión emergente: el cristianismo. El paralelismo de ambas religiones sorprende tanto que los fieles de Mitra ya acusaban a los cristianos de haberles copiado sus ritos sagrados. Tras la conversión del emperador Teodosio al cristianismo en el siglo IV el resto de religiones fueron desapareciendo de Europa, pues, a fin de popularizar la nueva religión cristiana, el propio Papa de Roma instruyó a sus fieles para que utilizasen los ritos antiguos y así inculcar las enseñanzas de su Dios verdadero. El toro de San Marcos Durante la Baja Edad Media se popularizó por toda Europa la fiesta de San Marcos. Pero donde mayor arraigo consiguió y donde su celebración se mantuvo durante más tiempo fue en la zona de Extremadura, Salamanca y Portugal. En cada pueblo la fiesta mantenía sus particularidades, pero básicamente consistía en lo siguiente: los mayorales de la Cofradía de San Marcos, o bien el párroco de la iglesia, salían al prado el día antes de la fiesta del santo Evangelista. Localizaban al toro que iban buscando y le decían: "Marco, la fiesta de San Marcos ha llegado. Vente con nosotros a la ciudad a rendir culto al Santo". Tras lo cual el toro seguía mansamente al sacerdote hasta la ciudad, entraba en la iglesia tras ser engalanados con flores sus cuernos por las mujeres, asistía a misa, besaba el altar y salía en procesión. Una vez terminada la fiesta, el sacerdote le devolvía al prado donde recuperaba toda su bravura y volvía a pastar con la vacada. Esta fiesta empezó a ser muy popular entre los cristianos del medievo y las cofradías de San Marcos empezaron a propagarse por todas partes. Como consecuencia de ello ocurrieron varios accidentes al embestir el toro a los fieles que le rodeaban. La iglesia empezó a ver con malos ojos estos festejos y el Papa terminó por prohibirlos. El toro nupcial A finales del siglo XIX todavía venía celebrándose en Extremadura el llamado toro nupcial, cuyo desarrollo es el siguiente: el novio y sus amigos cazaban un toro bravo y, tras atarlo con cuerdas, lo llevaban a la ciudad y lo arrastraban hasta la casa de lo futuros esposos. El toro era introducido en la habitación nupcial donde el novio le clavaba un par de banderillas blancas, construidas previamente por la propia novia, derramando la sangre del animal por el tálamo nupcial. De esta manera, al entrar en contacto la habitación nupcial con la sangre derramada del toro bravo se oficiaba un sortilegio de fecundidad. Al acabar el ritual el toro volvía a ser llevado al prado y se le devolvía su libertad. El "bou embolat" El contacto con la sangre del animal es el hecho que transmite el poder mágico del toro. La sangre derramada en la habitación nupcial ayudaba al poder fecundador de los futuros matrimonios extremeños. Curiosamente, en la costa mediterránea la sangre del animal muerto también tiene poderes mágicos. El toro que se corre por las calles de los pueblos del País Valenciano, sur de Cataluña y Bajo Aragón, aunque no nos traslada al antiguo dios-toro ibérico de la fecundidad como los toros nupciales de Extremadura, mantiene el poder mágico de su sangre. Los ciudadanos de muchos de los municipios donde se celebra la fiesta creen que la sangre del toro bravo recién muerto cura determinadas enfermedades de la piel e incluso en algunos lugares conciben que el contacto de la sangre con un recién nacido le aportará buena suerte a lo largo de su vida. En la actualidad, la nueva normativa legal que regula la fiesta de los toros de calle prohibe taxativamente matar al animal en público, por lo que el acceso de los ciudadanos al cadáver del animal recién muerto y a la sangre del mismo se ha dificultado enormemente. Al igual que ha desaparecido la fiesta del Toro de San Marcos y la fiesta del Toro Nupcial extremeño, nos encontramos ante la desaparición de los rasgos mágicos del toro de calle. La modernidad conlleva un profundo cambio en las fiestas tradicionales y, aunque haya una anclada resistencia a cambiar las costumbres, la sangre derramada de los animales muertos ya ha desaparecido de nuestras calles y, con ello, el contacto directo de los ciudadanos con el poder mágico del toro. La serenata al "bou" Como venimos señalando, existe una polivalencia en las fiestas taurinas rurales, aquellas que no siguen las normas de la tauromaquia, que nos remiten directamente a los dioses ibéricos o latinos. El contacto con la sangre del animal nos transmite los poderes sobrenaturales que el animal posee. Muchas de las tradiciones expuestas están documentadas, aunque no siempre han sido estudiadas y analizadas exhaustivamente. El libro al que todos los estudiosos se remiten como incuestionable, Ritos y juegos del toro de Pedro Álvarez de Miranda, fue escrito a finales de la década de los cincuenta. La prematura muerte del prestigioso catedrático de la Universidad de Madrid ha dejado estos estudios olvidados de la mano de dios, nunca mejor dicho. Sin embargo, excepto honrosas excepciones -Caro Baroja y Joan Llidó entre ellas- antropólogos, sociólogos, etnólogos, etc. No han considerado de su interés profundizar en los orígenes sagrados de las fiestas de toros. Como consecuencia, de algunas de las fiestas que podemos ver se desconocen si tienen orígenes rituales antiguos o por el contrario se trata de incorporaciones tardías a los juegos festivos. La serenata al bou de Vilafamés (Castellón), por citar un ejemplo, tiene una puesta en escena de carácter ritual, aunque ha desaparecido el concepto mágico o divino del acontecimiento. Los ciudadanos se reúnen a cenar ante el cadáver del toro expuesto en la plaza mientras escuchan un concierto musical. Al día siguiente el toro será descuartizado y vendido como carne a los mismos ciudadanos que el día anterior le habían rendido homenaje en la plaza. Al igual que los antiguos creyentes de Mitra, los pobladores de Vilafamés terminan comiéndose el toro. Los unos estaban comulgando con el dios, los otros simplemente se alimentaban con la carne del animal objeto de la fiesta y del homenaje. La muerte de un dios Hemos de reconocer que el toro que llamamos rural, a fin de diferenciarlo claramente de las actuales corridas de toros, no es tan idílico como quizá se desprenda de lo expuesto hasta ahora. Las barbaridades y torturas a las que ha venido siendo sometido el animal en todas estas poblaciones, en mayor o menor grado, es injustificable. La explosión de sadismo contra un animal al que muy poca gente osaba enfrentarse unas pocas horas antes viene a confirmar la teoría sobre los dioses caídos. La pérdida de divinidad del animal conlleva la proverbial violencia contra el dios caído, sea éste animal, humano o tótem. Si en el caso del dios-toro se han tardado siglos en hacer caer el dios de su pedestal, la rapidez con la que se suceden los hechos a finales del siglo XX hace que los dioses nazcan, crezcan y perezcan a manos de sus propios seguidores con un vértigo mareante. Se trata de los dioses efímeros que nuestra sociedad crea y destruye a diario. La vorágine del siglo XX ha terminado, cual Urano o Calígula, comiéndose a sus propios hijos-dioses. Nunca la separación entre dioses y bestias fue tan intangible como lo es en nuestra sociedad actual.
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Nit Màgica
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