Un gran espectáculo
Josep-Lluís Sirera
EL PUNT, 2 d'abril de 2000.
El reciente estreno del último espectáculo de Xarxa Teatre
Déus o Bèsties está destinado a convertirse en un
hito en la evolución de este grupo. Han optado en esta ocasión
por desarrollar al máximo la potencialidad teatral del escenario
frontal, avanzando en un concepto de teatro de calle que va más
allá de la habitual movilidad que se supone en este tipo de espectáculos
y que Xarxa Teatre continúa cultivando con gran éxito.
En este caso concreto, hay que indicar que en la propuesta dramatúrgica,
de Vicent Martí Xar, encontramos una equilibrada síntesis
de los elementos que caracterizan su estética: el interés
por nuestra mitología; su capacidad por generar imágenes
plásticas de gran belleza y no menor forma impactante: la utilización
de una música enraizada en el folklore valenciano y al mismo tiempo
con reminiscencias muy amplias (los compositores de la espléndida
banda sonora han sido Jaume Gonsàlvez y Bernat Pellicer); la exploración
y la explosión del tremendo potencial dramático, escenográfico,
rítmico y musical de la pirotecnia, terreno en el que Xarxa ha
pulverizado todos los límites imaginables; la utilización
de una estructura argumental que no se reduce a la dramatización
-más o menos superficial- de ideas sencillas ("pecado" de muchos
grupos parecidos) sino que exige un trabajo dramatúrgico muy elaborado:
así, si en Veles e vents combinaban con gran sutilidad el poema
ausiasmarquiano con una reflexión de carácter ecológico,
ahora nos ofrecen una historia mítica del toro, huyendo -con mucho
acierto- de la tauromaquia. En fin, encontraremos también en Déus
o Bèsties ese gusto por el trabajo físico de actores, que
los vuelve capaces de ser "entendidos" a gran distancia, cosa fundamental,
pues los espectáculos de Xarxa atraen miles de espectadores.
Domesticado, sacralizado, cristianizado incluso, motor de tradiciones
bien enraizadas, pieza fundamental de nuestro universo festivo i, finalmente,
"carne de matadero" que dijo Pere Quart. Estas son las visiones que Xarxa
nos ofrece en un espectáculo que se desarrolla sobre un escenario
de doce metros de altura, con una excelente dirección de Manuel
Vilanova y Leandre Escamilla y el sobresaliente trabajo de seis actores
y ocho músicos. Escenas en las que unas veces predomina la vertiente
poética (la del "toro nupcial" por ejemplo), y otras la más
puramente impactante (la del "toro embolado") hasta llegar a un final
en el que la ironía no deja lugar a dudas sobre qué representa
el toro hoy en día. Un final, por cierto, que permanecerá
en la retina del espectador por mucho tiempo
Xarxa revienta el Ribalta
Antonio Gascó
Levante-EMV. 26 de marzo de 2000.
Más de veinticinco mil personas aplaudieron anoche, en el andén
central del parque de Ribalta, el estreno de la producción de Xarxa
y Teatres de la Generalitat Déus o bèsties, en que se combina
una narrativa de gran fuerza plástica y escénica en torno
a la mítica figura del toro, con una impactante sonoridad musical
y unos coloristas y contrastados efectos de luminotecnia y fuegos de artificio.
Para esta producción Xarxa ha contado un importante plantel de
artistas que han preparado un escenario que en verdad tiene un concepto
de retablo medieval, en el que de un modo tan plástico como narrativo,
se presentan una serie de doce secuencias en torno a ciertas fórmulas
históricas del culto al toro. Pasqual Arrufat, Carles Abad, Marcelo
Díaz y Marya Maya, han trabajado con eficacia creando una plástica
visual y metafórica que la acción siempre móvil de
los actores se encarga de dinamizar, trasmitiendo al público toda
la argumentación de este impactante espectáculo.
En verdad Déus o bèsties tiene varios niveles de lectura
conceptual que van desde la pura apreciación lineal de un claro
argumento, hasta la concepción más profunda y recóndita
de cuanto el mito del toro puede representar para las diversas civilizaciones
y creencias que van desde la prehistoria a nuestros días. Según
el nivel de conocimientos del espectador se puede apreciar toda una gama
de posibilidades que ofrece esta producción. Vicent Martí
ha argumentado muy bien el proceso de la trama.
En verdad como hicieron los antiguos con sus templos, éste está
dedicado a la memoria del antropólogo Álvarez de Miranda
que teorizó la influencia del toro a lo largo de las diversas culturas
de la historia. Un animal totémico ambivalente y con una gran fuerza
conceptual, que aún sigue pesando en el concepto del inconsciente
colectivo.
Consecuentemente con ello el espectáculo en la línea de
otros de Xarxa es lúdico, visual, dinámico, mítico
y espectacular, siendo pictórico y anecdótico a un tiempo.
Pero por otra parte en el escenario plural, que en verdad es un verdadero
espacio vivo sin límites, se desarrolla todo un conjunto de escenas
que tienen en común una religiosidad sobre la dogmática
del toro ibérico a lo largo del tiempo. Precisamente por ello,
junto con la concepción plástica que juega con elementos
constructivistas abstractos, con otros de imponente poder figurativos,
es muy importante la intervención del factor sorpresivo y la acción
cambiante, dinámica e incluso en ocasiones agresiva del conjunto
de actores que pueblan el retablo escenográfico de actividad e
intención.
Los recursos pictórico escultóricos del montaje tienen una
misión muy importante no solo en la narración sino en la
apreciación de la dimensión simbólica del evento.
Este es uno de los valores muy a tener en cuenta respecto a lo que es
-en un concepto tradicional- más genuinamente teatral y es la importancia
del gesto y la mímica para narrar, sobre todo cuando no existen
las palabras. Todo queda perfectamente esclarecido, en la intención
argumental, hasta incluso el chocante vestuario con el que comparecen
los actores en la presentación de la obra que tiene en su final
una argumentación cíclica al escenificar la muerte del dios.
La obra tiene poder, grandeza y por el contrario raptos de cierto desgarro...
también ironía. La música basada sobre todo en la
percusión para incentivar el ritmo que condicione la acción
escénica, es a este respecto un claro conjunto de metáforas
sonoras para que se comprendan más profundamente las escenas. Tanto
que no faltan mordaces compases frente a otros que subyugan por su monumental
poemática digna de un ideario de epopeya.
Y al final la pregunta queda en el aire, como la pólvora y la música:
¿dios o bestia?